Por una foto...
(Para participar en Concurso de Anécdotas de la Institución)
Se iniciaba 1976, cuando ingresé a laborar en el Tribunal Supremo de Elecciones. Recibí un telegrama: "buena presentación personal, uso de corbata, hora 8 de la mañana”.
Recordemos que el “Prontuario” que llevaba la Oficina de Personal era documentado con la foto del funcionario, generalmente una copia de la Cédula de Identidad, en mi caso, captada en la Oficina Regional de Alajuela.
En esos tiempos, era común usar “patillas largas”, las mías eran como las de don Braulio Carrillo, pero bien negras y crespas, mi cabello un poco abundante, nunca largo, también acolochado. Esta imagen fue invadida por algunas “sombras intrusas” en la sala de fotografías y mi físico varió: las patillas fueron la continuación de mi barba sin afeitar, parecía que lucía pelo largo, caído a mis hombros por efecto de las zonas oscuras y el primer botón de mi camisa lo mostraba libre del ojal.
Dos años después de laborar en los Archivos Electorales y en el Programa de Cedulación Casa por Casa (Ceduladores Ambulantes), en forma interina, llegó el ansiado momento de optar por “mi propiedad”, ansioso porque estaba recién casado – me casé sin tener trabajo fijo – y necesitaba mi estabilidad laboral, sino la mujer me enviaba a la calle.
Recuerdo muy bien que el Jefe de la Sección Archivo (don Marcos Coghi Guevara) estaba de acuerdo en escoger entre la “terna”, a mi persona, en esos momentos un joven de 26 años, responsable, serio, un buen liguista, muy buen compañero, según el concepto del Jefe. Y entre los “ternistas”, yo era el “matrimoniado”, los otros solteros.
“Morerita, de mi parte cuente con mi voto para su propiedad, pero debe “pulsear” los votos de los señores Magistrados para su nombramiento, le adelanto que don Francisco no está muy de acuerdo porque la foto del prontuario no le gusta su presentación personal”.
Muy nervioso, como he sido desde que nací, llegué al Tribunal Supremo de Elecciones, directamente a la oficina del Señor Presidente don Francisco Sáenz Meza. Un señor de apariencia muy estricta, talvez su fortaleza física me hacía pensar que era muy “bravo”.
Antes de tocar la puerta, había tomado dos vasos de agua y un sedante para calmar los nervios, algo así como un té llamado “siete espíritus”, contra el miedo, angustias, ansiedad y todo ese estado de ánimo en las personas.
“Buenos días…Señor Licenciado…”.
“Buenos días, pase adelante, muchacho, ¿en qué puedo servirle?”.
“Muchas gracias, don Francisco…soy empleado del Archivo, ya don Marcos conversó con Usted, quiero me ayude en obtener mi Propiedad, amo a la Institución y también amo a mi esposa, quien desea me quede laborando aquí”.
“Su jefe lo recomienda excelentemente, pero su imagen en el prontuario no me agrada, está lleno de barba, tiene el pelo largo, descamisado, cómo es posible que un ciudadano se presente en esas condiciones para obtener la cédula de identidad, soy padre de familia y como tal le aconsejo una mejor presentación a la hora de solicitar este vital documento; tomaré en cuenta su visita ante el Tribunal y las recomendaciones de Coghi, ya decidiremos”.
Defendí mi posición por las sombras de la foto, lo del supuesto pelo largo, pero la posición de don Francisco ya estaba casi que escrita en piedra.
Salí muerto de vergüenza, no de nervios, por la gran regañada que no fue jugando, pero con fe en que todo saldría bien.
Le informé a mi jefe lo sucedido…
“No se preocupe, vaya de inmediato a la Sección de Fotos (cuarto oscuro de fotografía, cuyo encargado era don Guillermo Ñato Quesada) para que le saquen una foto nueva y la lleva al Prontuario, pero hágalo ya”.
Así lo hice.
Cuando llegó la decisión de escoger a uno de la terna, ya mi estampa era otra: bien presentado, me quité las patillas, lucí camisa manga larga y corbata banda ancha, a colores, con un nudo bien hecho, aunque un poco apretado.
Lo expuesto en estas líneas es verídico, lo único que imagino fue la expresión del señor Presidente a la hora de votar:
“Ahora...sí… qué diferente. Buen funcionario y bien presentado ante el sagrado documento de identidad… ¡sí se puede!” Y pudo ponerme en propiedad.
Imagine, señores, la locura de mi esposa cuando le conté la conquista de mi nombramiento...
Ya pasaron más de tres décadas y hoy disfruto de la pensión…
Muchas gracias, don Francisco Sáenz Meza, esto nunca lo olvidaré porque de Usted recibí una gran lección, lección que me ayudó a cumplir correctamente mis funciones en el Tribunal Supremo de Elecciones y Registro Civil y ser un mejor ciudadano. Y posar mejor a la hora de renovar mi documento de identificación.

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