Costumbres de nuestros abuelos
Ricas y bellas costumbres existían en las casas de nuestros antepasados. De sus paredes colgaban muchas estampas religiosas enmarcadas en madera o con cinta de papel engomado, protegidas con vidrio o plástico. Estos cuadros mostraban infinidad de santos y figuras celestiales.
Algunos dibujos simulaban al diablo y el infierno, el cielo y los ángeles, el ángel de enormes alas blancas protegiendo a los niños sobr
e un puente de hamaca y otras figuras inolvidables grabadas en nuestras mentes, desde muy niños; la pequeña cruz hecha de palma bendita, visible en la puerta principal, colocada allí para impedir el ingreso de los espíritus malos y otras creencias; fotografías del abuelo y de la abuela; plantas y herraduras portadoras de suerte y protección a la casa y sus moradores; velitas encendidas en honor a las ánimas, rosarios confeccionados en madera o con "lágrimas de San Pedro", flores y figuras en puro yeso y porcelana.
Usaron bellos altares, estratégicamente colocados en un cálido rincón de la casa, adornados con plantas naturales y lindos manteles blancos bordados. Este espacio sagrado sirvió para expresar sus oraciones, rezos y fe, donde acudían también los amigos del vecindario.
En las zonas rurales, especialmente, se usó el papel periódico impreso para forrar las paredes de madera y así cubrir las rendijas y evitar el humo negruzco en la superficie de las tablas, producido por el uso diario de las cocinas de leña y fogones. Éstas, alimentadas con troncos secos de café, guayabo y otras plantas.
Otro elemento era el almanaque o calendario, mostrando siempre, la imagen de un santo, una carreta, un grupo de animales, una iglesia, un paisaje. Además, el anuncio muy visible de la panadería, botica, venta de abarrotes, zapatería, tienda, barbería, sastrería y bazar de la época, que el comercio donaba a sus clientes por la compra del "diario" y uso de las especialidades como el boticario, el peluquero, el sastre o el relojero.
Junto a estos detalles, la perfecta costumbre de reunir a su familia y amigos para contar historias y anécdotas. La comunicación era evidente todos los días, entre familiares y vecinos.
En las noches, no faltó el chocolate preparado con panecillos de cacao "Conchita", producto obtenido en todas las pulperías o comisariatos de los barrios.
La sabrosa bebida daba más calor a las reuniones. Una o dos "conchas de cacao", junto a la leche hirviendo y el azúcar, se disolvían a punta de "molenillo", utensilio vital en toda cocina y casas del costarricense; este aparato rudimentario, en forma cilíndrica, largo, confeccionado en madera de una sola pieza.
Todos podíamos manejar aquel instrumento casero, se frotaba en el mango con ambas manos hasta sacar abundante y rica espuma en el "pichel" u olla de aluminio. El molenillo hizo la función de lo que hoy es la licuadora eléctrica u otro adelanto de la tecnología.
Esta tradicional bebida, siempre acompañada con galletas dulces (negritas) de la eterna Panadería Leandro o las fabricadas por las manos mágicas de nuestra abuela. Un manjar era tener en nuestras manos varias de esas galletitas, untadas de mantequilla o cargadas con trozos de queso tierno y rayado. ¡Qué delicia!.
Las reuniones familiares del pasado, calaron muy profundo en la mente y curiosidad del los oyentes - principalmente en la niñez - y sirvieron para fortalecer el respeto y obediencia a sus padres y abuelos, al anciano, maestro, autoridades civiles y religiosas, aspecto que consolidó la unión entre toda la familia, solidaridad con el vecino y respeto más profundo al Ser que nos mira desde arriba.
Estas y otras lindas costumbres, nos llevan a retroceder el tiempo e imaginar otros aspectos de los barrios que ya no existen. Recordamos las escuelas en edificaciones viejas de adobes, las pulperías de don Ángel y Napoleón, una hecha de pura tierra o adobes, la otra construida en pura madera; la casa de doña Hortensia, aquí su padre era un buen carpintero y ebanista quien tenía un aposento para esquivar los ataúdes (cajas para muertos, como era común decir), encargados por alguna funeraria de la ciudad. Posiblemente, a los vecinos les hacía algún descuento o los vendía "a pagos" , al estilo polacos. La casa de doña Hortensia nos producía cierta inquietud o nerviosismo, más cuando se acercaba la noche. Pero eran cosas de niños y creencias.
El barrio tenía a su disposición, el bazar de doña Carmen, aquí había de todo para las costureras, el mercadito o venta de legumbres, frutas y verduras de Miguel y Tulio, la pastelería Guell, la panadería de doña Esperanza, las ventas de carbón por cuartillos y sacos, la venta de "canfín" (combustible obtenido del petróleo), las ventas ambulantes de mazamorra y arroz con leche, el lechero ambulante (lechero de "tarro"), para citar algunos centros y actividades comerciales de antes.
Estas edificaciones de madera y adobes, tan fuertes y visitadas como las pirámides, fueron construidas por manos callosas, valientes y pacientes. Abonadas con sangre, inteligencia y sudor de nuestros abuelos.
¿Quién no recuerda a doña Bolivia Quesada?. La ancianita famosa por su especialidad en preparar panes caseros, platillos variados y conservas. El delicioso tamal asado, bizcocho en forma de rosquillas y torta, plátano maduro con queso y otros panes propios de ese entonces, que hoy añoramos y lamentamos no conservar sus especiales recetas.
Ella, quien llenaba su canasta con bizcocho humeante tapado con hojas de plátano y un lindo mantel grande, e iba a entregar "los encargos o pedidos" a varios establecimientos del ayer, especialmente a la cafetería de don Bolívar Valverde, reconocida por el exquisito café que disfrutaban los alajuelenses y viajeros de otros distritos y caseríos de la provincia.
El otro instrumento de trabajo de doña Bolivia, junto al horno de barro, era la cocina de leña, pintada en negro, siempre lista para el agua dulce, café o chocolate, olla de carne, picadillos, tamales, arroz con leche, torta de arroz, miel de ayote y chiverre, siempre presentes en los días santos o Semana Santa, días de inmenso y verdadero respeto y recogimiento.
Nuestros abuelos desaparecieron y con ellos marcharon aquellas prácticas tan saludables al cuerpo y mente.
Se marchó el zapatero remendón, don Paulino Soto, quien siempre salía con su nieto al centro de la ciudad alajuelense a comprar el material para su oficio: las suelas de cuero en el negocio de Oreamuno, el establecimiento de Barguil suministraba clavos, tachuelas, tacones marca "Mundial", casquillos, hebillas, cemento, lijas, tintes, cáñamo, leznas utilizadas para agujerear y coser el calzado que se fabricaba a mano, fuertes, casi indestructibles, duraban hasta decir "basta", betunes, broches, cebos, cordones, hormas y todo lo que se ocupaba para las "remendonas" (así se decía a los reparadores del calzado)y fabricantes de zapatos.
De vuelta a la casona, don Paulino pasaba a tomar un "aguardiente", pero no permitía por nada del mundo que el niño entrara a la cantina, ubicándolo en la acera, sentado en el rollo de suela - entretenido chupando una melcocha (dulce), un helado de Chepe Espinoza o de La Torcaz - con toda la mercadería en el suelo, sin nadie estar pensando en robos, daños o raptos en la niñez, como es usual en estos momentos. Con toda la tranquilidad existente, disfrutaba del "guarito", continuando la marcha hacia el trabajo y el hogar.
¡Qué diferente el ayer!. Los niños jugamos juntos, sin malicia, algunos descalzos, en el polvo del patio o de las calles, encaramados en los árboles de jocote y mango del patio de doña Sofía, la señora se enojaba cuando maltratábamos los árboles a garrotazos y pedradas, pero con sus protestas, gritos y acusaciones ante nuestros abuelos, nos enseñó a amar la naturaleza.
¡Qué diferente si tuviera que escribir del presente!. En este duro presente, donde se va perdiendo, acelaradamente, los ideales, los valores morales, espirituales, religiosos y patrióticos; aspectos ausentes cada vez más y que hacen falta, muchísima falta, para salvar lo poco de Patria que nos queda. ¡Patria que labraron con honradez y trabajo nuestros grandes y valerosos abuelos!.
(Publicado en LA PRENSA LIBRE, Sección OPINIÓN, 16 noviembre 2005).
(Publicado en EL EMPRENDEDOR, junio 2004).

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