Los carretoneros de Alajuela
En infinidad de pueblos han destacado personajes con actividades y oficios que hoy van desapareciendo, hasta quedar en el olvido. Fieles a su constante labor, valerosos ciudadanos formaron sus hogares y contribuyeron a hacer grande nuestra Patria.
Los carretoneros eran humildes trabajadores que en la década de los cuarenta se establecieron en la Estación del Pacífico, en el puro corazón de la ciudad alajuelense.
¿Quién no utilizó aquel vehículo para transp
ortar materiales de construcción de viviendas, animales domésticos, plantas, alimentos o "chunches" de la casa?. Un cajón con barandas, su caballo y conductor, el conocido "carretonero", fue una preciosa estampa en nuestra ciudad y campos, una ejemplar herramienta de trabajo utilizada por nuestros antepasados.
Anterior a los carretones, existían varias carretas con yuntas y bueyes, conducidas por los boyeros don Ramón García, Mateo Soto, Tulio Morera y Raúl Alfaro, quienes encontraron la competencia representada en el carretón, el carretonero y el caballo, medios más rápidos y modernos.
Los fundadores del novedoso transporte y gremio fueron: Coca Villalobos, Gato Ulloa, Alberto Sibaja ("Tierrita"), Tulio Alpiste, Beto Álvarez, Eugenio Núñez, Luis Córdoba, Porfirio Soto, Los Molina y otros.
La necesidad de organización para defender sus derechos, los condujo a la afiliación a un sindicato, donde libraron grandes batallas en pro de lo suyo, como la "brava" pelea contra el Gran Comercio en poder de Los Turcos, Los Herreras, Los Barrantes e Israelitas, quienes se oponían al espacio ocupado por este importante grupo de trabajadores costarricenses, plantados en los "cien metros de calle", frente a los establecimientos del sector comercial de la ciudad.
El espacio ocupado en la calle por los carretoneros y sus implementos de trabajo, ocasionaban una fuerte competencia en el transporte de sus mercancías porque ellos, los comerciantes, tenían sus vehículos y personal propio para sus usuarios. La otra gran molestia fue la presencia de boñiga y su penetrante olor en sus establecimientos.
Trabajadores y poderosos dueños del comercio y capital local, defendieron sus posiciones e intereses, mientras el organismo sindical sacaba a relucir argumentos y leyes a favor del humilde trabajador, por el sagrado derecho de todo ser humano, un trabajo para vivir con dignidad.
Si la boñiga fue el malestar para unos, no fue problema para los boyeros que traían en carretas el dulce al Mercado Central de Alajuela y otros centros comerciales , utilizando "aquello" como excelente abono al cultivo del café, hortalizas, banano, caña y otras plantaciones. La boñiga sirvió de apoyo a la lucha del carretonero.
Boyeros y carretoneros alquilaban por veinticinco céntimos los sesteaderos (sesteos) de Pío Poll, la Macha Quesada y Los Fernández, terrenos en el centro de Alajuela, lugares especializados para guardar carretas, carretones y más implementos. Además, para "cogollar" (de cogollo, brote de algunas plantas) y alimentar a los bueyes y caballos, tras durísimas jornadas.
Un día buenísimo para los sencillos transportistas, era el miércoles, debido a la presencia del tren de las doce, que traía y descargaba el gran lote con chanchos en la Estación del Pacífico, procedentes de Guanacaste y Caldera.
El control de estos inofensivos animales, estaba en manos del empresario alajuelense "Chico Chulo", propietario de carnicerías o expendios de carne, en Alajuela. Para la ayuda de este control, disponía de la máxima confianza de dos destacados carretoneros, el siempre "Tierrita" y "Coca" Villalobos.
El traslado de los chanchitos traía, una cruel consecuencia como era la muerte de cerdos a causa del ahogo. Las pérdidas, posiblemente, no eran "gran cosa" para el carnicero y de alguna forma siervieron para la imaginación de los dos carretoneros, siempre con la astucia por los cuatro costados.
Uno de los tantos miércoles, Tierrita y Coca analizaron la oportunidad de comer a lo rico o millonarios, hasta el ahogamiento, invitando a medio mundo. Cómo lograrlo?
Muy sencillo: tenían la confianza del jefe. Ellos eran los encargados de trasladar los "difuntos" al crematorio, ubicado al frente de la "Fábrica Punto Rojo". Para distraer a su patrón, Tierrita cargaba en el carretón el muerto más robusto hacia su casa; mientras Villalobos a cuestas con el otro hacia los hornos del crematorio. Así burlaron el control sanitario, pretendido por el empresario.
Cuenta la historia, o mejor decir, cuenta uno de estos carretoneros, que en la casa del popular Tierrita se armaba la gran fiesta, la gran comilona de chancho ahogado, convertido en deliciosos chicharrones y "frito". Había cerdo hasta para tirar hacia arriba.
De esta singular idea, los vecinos nada más tenían que traer apetito y buena palangana para recoger las porciones del delicioso animal.
Los carretoneros se distinguieron por su trabajo humilde y honrado, sin estar ausente su tiempo a la diversión. La "fiebre" al fútbol, deporte practicado con el corazón, porque el corazón fue la camiseta defendida a todo pulmón e hidalguía.
Otra diversión hace cincuenta años o más, fue la significativa participación en las fiestas famosas del Ocho de Diciembre, en el barrio Concepción o El Llano, en honor a la Virgen de la Concepción. Con la Virgencita al frente, organizaron partidos de fútbol también "a muerte" entre Carretoneros y Carniceros, bajo la conducción arbitral de "Pichojos", inconfundible personaje alajuelense y juez del pito, reconocido en todo el mundo futbolístico, al menos en Alajuela.
Rumbo al popular caserío, del centro de la ciudad y poblaciones aledañas, desfilaban los carretoneros con sus armas de trabajo, convertidos en carrozas, acompañados de la pólvora, cimarronas, payasos y el personaje callejero alajuelense, simbolizado en la sencillez e inocencia de Jorgito, Nelson, Jalisco, Cuchucho, La Llorona, Moncha Cuita y La Codorniz, aportando más humor y algarabía al ambiente festivo. Pero no todo fue fiesta y bombetas.
Algunos trabajos obligaban a más sacrificios y esfuerzo físico. El traslado de arena, piedra y sacos de cemento para las construcciones, cuyo flete valía "dos colones" el medio metro, es decir, un carretón lleno de arena o piedra; el traslado de sacos con ajonjolí desde la Estación del Pacífico a la planta aceitera Garrido Llovera, en el Barrio El Carmen, a "quince céntimos" cada saco.
Otro de los enormes y duros trabajos fue el cargamento de residuos de plantas y árboles. Una cuadrilla compuesta por siete carretoneros recogió troncos de café, árboles de guaba y otras plantas en El Apagón y La Candela - limpieza que se realizó en esos sectores de Alajuela para la construcción del Aeropuerto El Coco, hoy Aeropuerto Internacional Juan Santamaría - hacia lo que hoy es Pueblo Nuevo.
En esta tarea, participaron carretoneros muy alajuelenses: Tierrita, Los Panchos, Los Zetillas, Monita, El Conde de Montecristo, Los Alpistes, El Tuerto Contreras, Coca, Changui y Chalán, apodos muy conocidos en el ambiente carretonero y en los usuarios, que de seguro ignoraron sus nombres certificados en la pila bautismal y Registro Civil, debido a la chispa "manuda" (así son conocidos los habitantes de Alajuela), especialista en erradicar el nombre de las personas, por esa forma simpática y original, tomando en consideración algún defecto físico, herencia familiar o procedencia de la víctima.
Para funcionar legalmente, cada carretón debía pagar un impuesto por concepto de circulación, o sea, "dos colones" al año ante la Municipalidad, otorgando ésta una placa metálica numerada con la inscripción "Tradición Animal", similar a las usadas en bicicletas.

Otro requisito era portar "Licencia de Carretonero", allá por el año mil novecientos cuarenta y uno. En el documento se consignaba datos importantes de identificación, a saber, la firma y nombre del conductor, fotografía, nacionalidad, color de la piel, cabello y ojos. Además, el número de licencia asignado, domicilio y firma del Director General de Tráfico, como se llamaba hace más de sesenta años.
Antes, caballo y carretón, es decir el apero, su precio oscilaba en trescientos cincuenta colones y un juego de arneses confeccionados por el talabartero josefino "Yallán", sesenta colones. El personaje capitalino, por la fineza en su oficio y honradez, era muy conocido por los hombres del carretón.
El machete de los carretoneros fue motivo, además, para la diversión y entretenimiento de los niños, hace un puñado de años. Niños descalzos con pantalón corto, esperaban la pasada del carretón por el barrio para guindarse en la compuerta y barandas, con el consentimiento o buena regañada del conductor, generalmente asustando al caballo al escuchar alegres griterías y brincos, sin faltar las protestas de nuestros padres y abuelos, por aquello de alguna caída y raspón.
Muchos carretoneros detenían la marcha para subir a los niños para complacerlos con "una vueltita y hasta la esquina", disfrutando del tranquilo paseo gratuito, agarrados a la baranda o sentados en el cajón. Otras veces, bien sentados al lado contrario del conductor, en la tablilla, lo que hacían con mucho entusiasmo y seguridad. Y es que no existía tantísima desconfianza y maldad, como en estos angustiosos tiempos, donde el niño es presa fácil del corrupto.
El constante transitar del vehículo sobre la piedra suelta, tierra y pavimento, despedía un sonido agradable, producto del caminar pausado del caballo y el contacto de las enormes ruedas construídas en madera, protegidas por el poderoso aro de hierro, bocina y rayos. Aquellas ruedas parecían hechas para triturar la piedra; a la vez, las huellas de cascos y aros - fabricados en el taller del alemán Mariano Struck - denunciaron la presencia del popular instrumento en nuestra ciudad y caseríos.
Hoy, en las ciudades no escuchamos el crujir de la madera ni el sonido del aro metálico; no escuchamos el paso del caballo ni las griterías de los niños, menos la protesta del comercio por las boñigas malolientes; todo reemplazado por la inundación de motorizados, alarmas, semáforos, tensión, borrachos en el volante, accidentes, huecos, contaminación sónica y ambiental y, para variar, la imprudencia del conductor y peatón en nuestras calles y avenidas.
En el libro histórico de nuestra Alajuela, en la historia de los alajuelenses, quedó escrito el recuerdo del caballo y su guía el Carretonero, la licencia, el carretón, las riendas, el bridón, la tajona, collar, sillón y alitranca.
¡ Los carretoneros con su trabajo y humildad, hicieron historia!
(Publicado en La Prensa Libre, Sección Comentarios, 02 dic. 2002).
(Publicado en La República, Sección VECINOS, 21 enero 2001. Pág. 4).

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