Camino a Zoncuano de Acosta
(Una anécdota, a mis compañeros de trabajo
en el Registro Civil y Tribunal Supremo de Elecciones, Costa Rica). 1977.
Decenas y docenas de anécdotas quedaron plasmadas en nuestras mentes, producto de aquella época cuando los funcionarios del Registro Civil, nos metimos en montañas, ríos, mares, islas, viajes en helicóptero, carros, pangas, trenes, avionetas, largas caminatas envueltas en polvo, sol y lluvias, expuestos a muchos riesgos, pero siempre con la sagrada intención y voluntad de cumplir con las tareas encomendadas por nuestra Institución, pilar de nuestra democracia.
El programa de Cedulación y Empadronamiento Ambulante (más conocido como giras de "cedulación casa por casa"), fundado en 1964, nos dejó enormes experiencias y mucha historia para escribir. ¡Cuántas historias!.
Recién ingresado a la Institución, en enero 1976, me asignaron la tarea de entregar una docena de cédulas de identidad, allá en el escondido Zoncuano de Acosta.
Hasta Sabanillas (del Cantón Acosta, San José, Costa Rica), tenía acceso el vehículo del Tribunal Supremo de Elecciones (un auto rural); de este punto en adelante, el viaje sería a pie, a caballo, en mula o "volando", si lo podía hacer.
En ese lugar, un hermoso lugar rodeado de montañas y profundos despeñaderos, don Teófilo, un auténtico campesino, puso a mi entera disposición el medio de transporte para el difícil viaje. Entre sus mejores ejemplares, eligió para la misión a la inquieta mula "Platera". El desconfiado y sabio animal desde que me miró, sintió molestia o incomodidad con el nuevo y desconocido "jinete".
Avanzamos unos cuantos metros de su estancia y al borde de un inmenso hueco construido por la Naturaleza, se despidió con un "la sangre de Cristo los cubra, a Usted y a mi chiquita", indicando las instrucciones para que todo saliera bien: "amigo, baje poco a poco, hasta el fondo, allí encontrará el río, crúcelo a la margen contraria y desde allí divisará dos caminos, tome el de la izquierda".
Con miles esfuerzos y con su valiosa ayuda, monté en la mulita. Inicié el descenso, por tierra y piedras sueltas, unas muy grandes a los lados, soportando un tremendo calor, encima de Platera, prácticamente mi enemiga.
Unos pocos metros habíamos bajado, cuando de pronto, quedó plantada como una estatua, sin mover nada de su cuerpo. No quería avanzar ni un centímetro, ni hacia atrás ni hacia adelante. Su mirada era más intensa, nada amistosa con mi persona, gran amante de todos los animales.
Mientras tanto, una gigante hondonada nos esperaba hasta llegar al río, allá en la profundidad.
Desesperado porque temía no cumplir con la misión de llegar al pueblo y entregar la cédulas de identidad a los vecinos de Zoncuano, mil veces le grité, injustamente: "mula inútil, solo para mula sirve"; a la vez, le daba con un "chilillo" provocando más resistencia hacia el intruso llegado de la Capital, inexperto funcionario público en esto de las montas, en lugares tan remotos y desconocidos, burlándose con fuertes giros hacia la derecha e izquierda. A punta de gruesas palabras y "leño", por lo menos se movía un poquito.
Inicié el descenso con Platera, echado a pie, tirada del diestro, hasta llegar, con miles sacrificios al río, siempre teniendo en mente las indicaciones del campesino. Escuchaba la voz de don Teófilo: "el camino de la izquierda conduce a Zoncuano".
Mi mala suerte continuó porque no logré divisar dos caminos, sólo uno estaba a mi vista. "¡Dios mío, cuál es el otro camino!". Dejé a "mi amiga" bien atada a un tronco, para continuar la caminata a pie, esta vez para cruzar el río y buscar el otro sendero. Todo era espesor, mucha vegetación. Un único camino. La desesperación me invadió por completo. No sabía qué hacer.
Decidí regresar al margen donde había dejado a Platera y en medio río, resbalé en varias piedras y caí al agua, recibido por algunas piedras. Asustada, dejó su amarre y escapó hacia arriba con mis pertenencias y, lo más importante, las cédulas de identidad.
Con mucho esfuerzo físico, tensión, con las rodillas y brazos golpeados, logré darle captura, sin escapar a una nueva regañada, que mejor no repito por respeto al lector y al periódico que me da la oportunidad de contar esta historia.
Levanté la vista al cielo, en señal de agradecimiento porque tenía de nuevo en mi poder los documentos de identificación. Ya sentado en una piedra del camino, hablé con Dios: "Dios mío, estoy extraviado y agotado, ayúdame encontrar Zoncuano y sus pobladores para cumplir con la entrega de cédulas y no quedar mal en la misión que me dieron".
Dios me escuchó y ayudó. Media hora después o un poquito más, divisé en lo alto a un hombre a caballo. A cada instante, se hacían más grandes y visibles. Ya frente a frente, le expliqué de dónde venía, el por qué estaba aquí, cuál era mi misión. Además, la razón de mis golpes y el comportamiento de Platera.
"No se preocupe, joven (tenía 26 años, pelo abundante y negro), voy camino a Zoncuano de Acosta, a mi casa". Serafín, un campesino del lugar, un ángel con sombrero, alforjas y machete, montado a caballo, enviado por Dios, puesto a mi disposición. Un campesino pobre, rico en humildad, colaborador, hospitalario, me dió la mano.
"¿Es la mula de don Teófilo?", hizo la pregunta. "Sí, excelente compañía", le dije.
"A ver, trépese, amigo". Mil costos, la mulita siempre daba giros hacia la derecha e izquierda. Definitivamente, nunca me aceptó. El angelito bajó de su caballo, llamándole la atención con voz fuerte, hasta lograr que yo estuviera sobre aquel animal e iniciar el camino hacia Zoncuano de Acosta.
El colmo, Serafín tuvo que halar la rienda de Platera, durante todo el camino, hasta llegar al ansiado lugar.
En su humilde casa le mostré las cédulas de identidad. "Este es mi papá, este soy yo, este vive por allá, este ya se fue del pueblo". A todos conocía, son sus vecinos y familiares.
Por fin, entregamos once cédulas. ¡Sí!. Dios, Serafín y yo en ese momento fuimos funcionarios del Registro Civil y Tribunal Supremo de Elecciones porque la acción, la voluntad de los tres se unió para hacer llegar el principal documento de identificación a las manos del ciudadano.
En carne propia aprendí que, cuando iniciemos nuestras funciones, pidámosle a Dios que nos ayude, aunque en ese momento no estemos en dificultades. Pongamos todo nuestro empeño en viajar por el camino correcto para cumplir con nuestras tareas y aceptemos la ayuda, experiencia o conocimientos de quien comparte nuestro trabajo, aunque no se llame Serafín...
(Publicado en El Elector(T.S.E), sección Opinión, Julio 2005).
(Publicado en La Prensa Libre, sección Comentarios, 10 set-2004).

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