Remembranzas alajuelenses
Segunda parte
Los que llegamos a seis décadas o más tiempo de existencia, no conocimos el templo antiguo de La Agonía; mostraba al frente de la entrada principal, un largo pretil o asiento de cemento para el descanso, tertulias y disfrute de momentos de paz y meditación; la iglesita confeccionada en estructura metálica tenía dos hermosos campanarios, tres puertas frontales protegidas por un techo en forma de “m”, sostenido por tres fuertes columnas; el púlpito ubicado en el costado sur del edificio, totalmente diferente a lo establecido hoy; el confesionario, un enorme cajón en madera tallada donde solo se escuchaban ambas voces, sin vernos las caras; las misas en latín, sin comprender casi nada; en esos tiempos el concepto de la muerte tenía otro sentido.
En su interior, había pocas imágenes. Doña Adilia, señora de noventa y tres años, desde niña conoció la imagen grande y pequeña del Santo Cristo, la Vírgen del Socorro y la de Santa Ana, no existían otras imágenes. Desde que tiene uso de razón, ha visitado los dos templos, asistiendo a sus misas, procesiones, rosarios y fiestas.
Otros testigos, nos recuerdan momentos mucho más recientes, siempre ubicados en el mismo lugar de aquella ermita. Don Enrique Soto era el administrador de un bingo, ubicado en la propiedad de su padre, al costado suroeste de la plazoleta. El cartón de bingo se inició a diez céntimos, luego pasó a veinticinco céntimos hasta llegar a cincuenta céntimos (“un cuatro”, como decíamos hace muchos años). De las ganancias, el señor Soto donaba una parte al templo.
Una anécdota sale a relucir. Un día se le “metió el agua” a un alto funcionario del Resguardo Fiscal tomar la decisión de prohibir la actividad de los “cartoncitos y el maíz”, debido a la denuncia de un propietario de bingo, establecido en la plazoleta. El argumento decía que el bingo de don Enrique le hacia daño por la competencia, a tan poca distancia. Claro, una competencia muy significativa porque el visitante obtenía mejores premios, mayor comodidad, menos tumulto de gente alrededor, menos bulla y bajo techo.
La acción del demandante y la Autoridad molestaron a don Enrique y a la población: “Arrieros somos y en el camino nos encontramos”, sentenció con firmeza a los quejosos.
Por asuntos políticos de esa época, aquel funcionario de “alto rango” fue a parar a la cárcel. El “arriero” Soto, con la ayuda del Gobernador de Alajuela, movió todos los “mecates legales” e influencia para liberar a la autoridad mencionada. Y es que la filosofía durante toda la vida del señor de los cartoncitos, ha sido pagar con un favor cualquier daño que otro semejante saque por ahí. “Un daño lo pago con un favor”, decía.
Tal fue la sorpresa que el recién liberado, mostró enorme emoción, ante la actitud del compatriota alajuelense. Reconoció: “cierto, todos somos arrieros del mismo camino…no pongamos obstáculos a nuestros hermanos”. Una gran lección de convivencia y perdón, que debemos aplicar en estos tiempos tan difíciles, donde la imprudencia y no tolerancia están presentes por todos lados.
Recordamos los “Títeres” o marionetas manipulados por don Amado Arroyo y sus hijos. Unos parlantes grandes o megáfonos daban el anuncio de los horarios para las funciones, dedicada a niños y adultos. En los intermedios, no faltó la “musiquita” repetida con los temas “Que se mueran los feos”, “Decime papa Ito” y “El alacrán”.
Estas piezas de moda, hace un montón de años, las teníamos encima de nuestros oídos, sumado al bullicioso motor de gasolina que movía la rueda de Chicago, también el ruido de la capitana, la lectura de los números del bingo por conducto de parlantes, la cimarrona, una planta eléctrica en la calle, las mascaradas, los juegos artificiales y otras actividades. Había bulla, pero mucha diversión sana. Aún así, las fiestas fueron famosas y hermosas.
A don Eberto Cordero Ramírez, colaborador de todo corazón para el templo, la administración le encomendó la organización de las fiestas al Santo Cristo.
Una de sus actividades fue, junto a 2 ó 3 fieles, la recolección de donaciones económicas y en especies lo que se utilizaba a las necesidades del centro de oración. Estas visitas se hacían “casa por casa”, tocando puertas, siempre con la respuesta positiva del habitante.
Contrataba a los músicos, éstos podían ser violinistas, tríos, cimarronas, gente conocida y hábil en ese campo, tocaban alegremente en el atrio, donde las extensas gradas servían de asientos para el visitante.
Don Eberto Cordero realizaba su trabajo en forma voluntario y gratuito, los músicos ganaban sus “cinquitos”, aunque también se apuntaban a colaborar para el mismo fin.
En la plazoleta, estaban establecidas dos Brujas muy visitadas por la comunidad, siempre esperando con alegría y suerte a sus viciosos clientes. En el lado sur, funcionó la bruja bajo el mando de don Carlos Jiménez; mientras la bruja del lado norte, estaba incrustada en la Pileta de San Gerardo, administrada por la familia Henchoz. Esta familia en la persona de don Paco y el Padre Herminio viajaban hasta San José, la Capital, a las compras de ollas, picheles, comales, cafeteras, cazuelas, cucharas, cristalería y todo lo necesario para los lindos y útiles premios que las brujas daban a sus seguidores.
Hoy, con tanta inseguridad y otros males por donde caminamos, vale siempre recordar algunos momentos de antes, narrados por testigos ejemplares de nuestra comunidad.
(Publicado en La Prensa Libre, Sección Comentarios, 09 mayo 2009.)

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